domingo, 29 de abril de 2018

Mis dos primeras cumbres internacionales



Primera parte, toda aventura tiene un pre-principio

La aventura empezó con la búsqueda de un destino y conseguir algún guía u operadora turística que me permitiera llegar hasta el destino elegido.

Buscando entre distintos lugares a visitar en este país, conseguí la opción de conocer a la artista de tatuajes ancestrales más antigua de Filipinas, pero para la época que se haría el viaje aún yo no tenía mis papeles filipinos, sin ellos, prefería no salir de la capital. No se pudo dar el viaje aunque uno de mis dos primeros objetivos ya se había logrado: conseguí a un guía turístico, y con el empecé a ponerme de acuerdo para otros destinos.

Semanas después finalmente, llegaron mis papeles y me puse en contacto con el guía para validar qué destino tenía disponible en su agenda. El viaje era para ir a conocer las montañas de Timbak (9na más alta de Filipinas) y Tabayok (6ta o 7ma más alta de este país [aún en discusión]). Sonaba interesante pero debido a que la mayoría de mis implementos de camping se quedaron en Venezuela, tuve que revisar qué tenía disponible y que era lo mínimo que debía llevar al viaje. Por suerte lo más imprescindible era un sleeping bag y aunque me costó varios días, conseguí uno medianamente bueno y no tan costoso, además de otro par de accesorios para hacer del viaje más cómodo.

Una vez conseguido los implementos , decidí confirmar mi asistencia al viaje sólo 4 días antes. Lastimosamente no iría con nadie conocido, pero aún así me disponía a asistir a esta aventura en grupo, y a su vez en solitario.

Segunda parte, de Manila a la primera montaña y de alli al campamento base

El viernes en la noche empezó el periplo… Después de terminar de trabajar, camino a casa a cambiarme, agarrar mis “cachachás” y tomar un taxi hacia la estación de autobuses, donde era el punto de encuentro con el guía y el resto de los aventureros.

El terminal, lleno de gente, pero finalmente conseguí a los viajeros. Me dieron una carpa y el pasaje de bus. Hora de partida: 9:30pm, destino Baguio. El viaje hasta allá, como cualquiera en un bus. La llegada fue a las 3:00 am.

Ya con nuestros morrales en la espalda, caminamos solo unos metros en la fría ciudad de Baguio para conseguirnos con nuestro segundo transporte, un Jeepney que nos llevaría el resto del camino hasta el campamento base. Montamos los morrales en el techo, los amarramos y de ahí fuimos a un mercado local a hacer las compras que permitirían cocinar el menú planificado.

Partimos luego hacia el lugar a donde desayunaríamos. Debo aceptar que, debido a la diferencia cultural, sabía que lo referente a las comidas podía ser un tanto complicado, sin embargo, también estaba consciente que eso también sería parte de la aventura. Tal vez la mejor manera de describir mi desayuno  es a través de esta foto.



Después de un desayuno de campeones y luego de dos tazas de café, el destino era llegar a una parada turística, el punto más alto del sistema de carreteras del país. Un par de fotos, y ahora hacia la primera montaña.



La montaña está justo al lado de la carretera, así que estacionamos y empezamos la caminata, una muy corta y sin ningún tipo de dificultad. A pesar de ser la 9na. Montaña más alta de Filipinas, el llegar a su cumbre solo lleva unos 20 minutos, pues empiezas a caminar muy cerca de la cima. El guía nos dijo que esto sólo era un calentamiento para lo que nos deparaba la siguiente cumbre.



Ya estando en la cumbre, nos tomamos fotos e hicimos un paseo por sus alrededores, para luego empezar el descenso y seguir hacia nuestro destino final sobre ruedas, el campamento base del Tabayoc.

Esta parte del viaje fue algo emocionante, me invitaron a ir en el techo del jeepney, si arriba, con los morrales y la cosa estuvo emocionante… imaginen el viaje por rutas de montaña, de cemento o de tierra en el techo de una camioneta… bueno así fue la cosa.
Finalmente cerca de las 11.00 am del sábado estábamos llegando al campamento base.


Tercera parte, paseo por las lagunas

Luego de montar campamento y almorzar, recibimos una charla por parte de los guardapaparques, la verdad es que no entendí casi nada en lo que refiere al usos de las palabras específicas porque el mensaje fue en idioma local, sin embargo si entendí el mensaje general: cuidar, proteger, no ensuciar, respetar, tener cuidado en las caminatas y actitud positiva. No esperaba menos de esa gente que decide vivir tan cerca de la montañas.

Empezamos nuestra ruta hacia las lagunas y casi al empezar la caminata, la lluvia también nos quiso dar la bienvenida, lo que hizo de la misma un tanto más “divertida”. El frío se apropió del camino, así como el barro y la niebla. A pesar de ello, logramos completar el paseo y conocer las 3 lagunas. De ellas, sólo una es como a lo que estamos acostumbrados, las otras dos en realidad estaban bajo tierra y hacia que caminar “sobre ellas” fuese una experiencia parecida a caminar en aquellas antiguas camas de agua (se me cayó la cédula??? Jejeje).



Unas dos horas después de iniciado el paseo, estábamos de regreso en nuestro campamento base, empapados, con frío y llenos de barro. El ánimo de algunos había decaído, el de otros era la sensación de que la montaña ya nos había dado la bienvenida y el bautizo.



Los guías se dispusieron a hacer la cena y mientras esperábamos, unas tazas de café milagroso aparecieron para calentar los ánimos. Luego del café me puse a preparar mi morral de ataque para la cumbre del día siguiente, y después de eso, a hablar con los guías mientras cocinaban.

Una cena importante, llena de sabores mezclados pero muy sabrosa, fue el cierre de la noche para luego retirarnos a dormir, pues el ataque a la cumbre empezaría a las 4:00 de la mañana.


Cuarta parte, cumbre del Tabayac

A las 3.50 de la mañana siento que me mueven la carpa y aunque lo que sea que me dijeron fue en Tagalog (idioma local) era muy claro el mensaje, hora de despertar. Me levanté, me tome el primer café del día y luego de cepillarme a lidiar con lo que siempre es el peor momento para mí en estos viajes… ponerme la ropa fría/mojada de caminata del día anterior. Para mi suerte el pantalón sólo estaba frío pero bastante seco, a diferencia de las medias y los zapatos.

4:30 am empezaría el ataque a la cumbre, pero primero una oración por parte de los guarda parques. No se si fue una oración católica, a los dioses de la montaña o hacia alguna otra deidad, pero en cualquiera de los casos yo tomé la oportunidad para hacer lo propio bajo mis creencias.



Listos para partir, camino a la montaña con la ruta iluminada por nuestras linternas. Ya a los pocos pasos estábamos llenos de barro de nuevo, lo que era de esperarse después de la lluvia del día anterior. Así fuimos avanzando, paso a paso por un camino que poco a poco se hacía cada vez más empinado. Mi ritmo de caminata no era el que me hubiese encantado tener, pero a pesar del “óxido” seguía a un buen ritmo. Hicimos varias paradas para descansar y reagrupar al disperso grupo durante todo el camino que a medida que avanzábamos también se hacía más claro producto de la salida del sol.


La primera parada importante, la ventana, un lugar en que la boscosa subida dejaba un espacio libre para contemplar la vista a esa altura. Desde allí podíamos ver el campamento base y todo lo que hasta allí habíamos avanzado.



Seguimos adelante hasta que finalmente llegamos a la cumbre (7.30am), una que para mi fue bien particular. A diferencia de otras cumbres, ésta estaba llena de árboles alrededor y de no haber sido por los guías, jamás hubiese imaginado que ya habíamos llegado. Los lugareños crearon en este lugar una rudimentaria escalera para superar la boscosa cumbre y encima de los árboles colocaron una especie de plataforma que permite a los visitantes contemplar la vista desde el punto más alto de esta montaña.






Disfrutamos de la cumbre, de las fotos, de los cuentos del camino, nos llenamos de energía y luego de una hora, empezamos nuestro camino de regreso, el cual fue menos exigente físicamente pero si más delicado pues ahora la bajada, ademas de empinada estaba igual de resbalosa.

En la ventana, ya de regreso, aprovechamos para tomar aliento y descansar un poco antes de seguir el descenso.


A eso de las 10.30am estábamos de regreso al campamento base, listos para descansar y comernos nuestro merecido brunch, para luego levantar campamento y regresar a la ciudad.

Una aventura interesante en donde los elementos comunes y no comunes se mezclaron dentro de la aventura, una experiencia tan parecida a otras cumbres y tan única como cada una de ellas, que me permití disfrutar como parte de esta nueva etapa que ahora vivo y que me recordó que, a pesar de todas las circunstancias, a pesar de lo lejos que se ve la cumbre, a pesar de las diferencias culturales, a pesar de todo, el camino al éxito siempre estará acompañado de retos, pero también de gente amiga que te ayudará a alcanzar la meta que te has trazado.







viernes, 9 de junio de 2017

El juego de los colores, el juego de los números



Desde hace un tiempo, es común que, en el camino de la casa al colegio de la pichurra, juguemos a algo. Uno de los juegos más comunes había sido el de atrapar colores. No sabemos cómo pero a la pichurra se le escaparon todos los colores y entonces ella empieza a buscarlos, no sólo nombrando el color, sino que también dice dónde lo consigue: Papá el azul lo conseguí en el cielo, papá el blanco en las nubes y así va agarrando uno a uno los colores, para luego guardarlos de nuevo en su bolsillo. El juego fue evolucionando un poco, en una etapa la pichurra buscaba un color pero luego papá también tiene que buscar un color, y luego cambió otro poco, ella nombraba un color y yo debía conseguirlo y viceversa. 

Sólo algunas veces, el juego de los colores cambia sutilmente una regla: el idioma, tanto el color como el lugar en donde lo conseguimos debe ser dicho en inglés. Por supuesto que conseguimos menos colores en el trayecto, pero era igual de interesante y divertido.

El tema es que en esta semana a la pichurra se le ocurrió una nueva evolución del juego y esto ha sido un cambio significativo. Yo supongo que ella se dio cuenta que en el trayecto diario, los colores que conseguimos no cambian mucho, sean en español o en inglés, así que me dijo:

- Papá se me escaparon los números tenemos que encontrarlos!  
- Qué? los números? no serán los colores?
- No papá, lo nuuuumeros, no me oiste? 
- Ok hija, entonces busquemos los números.

El juego empezó su evolución... Primero sólo los nombraba y los guardaba, los imaginaba en la calle y los iba consiguiendo y colocando en su bolsillo, pero parece que ahora los busca de verdad, y me hace buscarlos a mí, y con ello ha logrado que cambie mi paradigma de color al paradigma numérico. 

En principio, y tal vez hasta por facilidad, yo buscaba los números en las placas de los carros que nos conseguíamos en la vía, pero la pichurra empezó a preguntarme: papá y que es placa? no veo los números no veo las placas. Tuve que cambiar la estrategia, y empezar a utilizar las señales de tránsito y publicidad que nos conseguimos en el camino para empezar a conseguirle los números que se escaparon. Ahora el problema es que ella quiere conseguir los números en orden, primero el uno, luego buscamos el dos, ahora le toca al tres, y así. Definitivamente los colores eran más fáciles, ahora estoy empezando a aprender de este nuevo juego que aún no domino (inténtenlo, de camino a su trabajo busquen los números del 1 al 20 en ese orden)

Y es que así como mi pichurra me cambió el esquema de los colores a los números, también mi cerebro tuvo que hacer el cambio. Ya todos los "atajos" que mi mente había generado para los colores (azul en el cielo, verde en los árboles, marrón el los troncos, blanco en las nubes), no servían de nada en este nueva etapa. Ahora los ojos debían aprender a buscar otra cosa, y mi mente empezar a guardar los lugares en donde se encuentran ubicados estos nuevos números para ir mejorando mi audacia en el juego. 

Pero también me di cuenta que, al empezar la búsqueda, no sólo encontré números, encontré carteles que siempre han estado allí y que yo no había notado, publicidades de tiendas que ni siquiera sabía que estaban por esa zona, e incluso señales de límite de velocidad (aquí ahora encuentro el 4) que jamás había visto. Y es que el juego de los números, al cambiar las reglas del juego (mindsets, paradigmas) ha logrado que yo vea cosas que no había podido ver antes, porque mi mente estaba totalmente enfocada en colores pero evidentemente ciega de números. 

Y es justo esa la lección que me deja mi hija con su cambio de reglas del juego: Lo que estoy viendo en la vida, puede ser por enfoque, por ley de atracción, porque es lo único que me importa o porque sólo tengo tiempo para eso, sin embargo debo estar consciente que justo por decidir ver los colores, jamás estuve preparado para jugar a los números y tuve que aprender desde cero este nuevo juego. 

No puedo culpar a mi hija por el cambio de reglas y pretender seguir jugando a los colores, al contrario, debo ser consciente que lo único constante en la vida son los cambios y que debo estar preparado para ellos, sean estos cambios simples o complejos. Y más aún, con cada cambio debo validar si mis paradigmas siguen siendo válidos o debo cambiarlos por unos que se adapten mejor a la nueva situación, al nuevo juego.

Creo que es importante que revisemos nuestra programación y nos preguntemos con cierta frecuencia si nuestros paradigmas aún son válidos de tiempo en tiempo. En una sociedad en la que todo cambia con tanta frecuencia (o está buscando que esos cambios se generen), en donde la tecnología cada vez más genera cambios importantes en la forma de vivir la vida, en donde todo los días lo que es tendencia hoy, puede no serlo mañana, en un mundo así de volátil, tener paradigmas fijos e inmutables, puede ser tan difícil como buscar números sólo sabiendo de colores. 

Se dice que Mahatma Gandhi una vez dijo: Tus creencias se convierten en tus pensamientos, tus pensamientos se convierten en tus palabras, tus palabras se convierten en tus acciones, tus acciones se convierten en tus hábitos, tu hábitos se convierten en tus valores, tus valores se convierten en tu destino. Lo que invito es a que revisemos si a donde nos lleva nuestra manera de pensar, es a donde de verdad queremos ir...

Que lección tan importante me dejó mi hija esta semana, ya veremos que pasará con el próximo cambio de las reglas del juego.


domingo, 26 de marzo de 2017

El Camino de Carrizal parte 3: Del Carrizal a San José


El día amanece sólo un poco nublado, el frío pega pero no tanto como en el páramo. Ya sólo con un sweater y un par de cafés, lo espantas y te animas a lo que será la jornada. Los tecitos de la noche, combinados con acetaminofén y los chistes malos, ayudaron a reducir el dolor en las rodillas así que caminamos por los alrededores para darnos cuenta que Alí había empezado temprano la jornada y andaba ordeñando las vacas. Su esposa ya estaba terminando el almuerzo (para el camino) y empezaba con el desayuno. Ya pronto estaríamos listos para empezar con la caminata de este día.

Después de desayunar, nos montamos los morrales y empezamos a cruzar la senda, que nos llevaba por varios puentes colgantes para cruzar el fabuloso río unas cuantas veces. Mientras avanzábamos conocíamos cada uno de los nombres de los pozos que se formaban en su orilla y las historias de cada nombre. El camino a veces se acercaba al río, otras veces se alejaba pero siempre se escuchaba su avance en forma de caudal.



El clima cambió respecto al día anterior, en poco tiempo entramos en calor debido a la humedad del bosque, al sol de la mañana que todo calentaba y el esfuerzo de nuestro caminar, hacía que las gotas de sudor aparecieran en muy poco tiempo. A pesar del buen clima, la caminata se hacía algo pesada debido a que las lluvias de días anteriores dejaron lodo por todo el camino y éste se pegaba a nuestros zapatos, haciendo la pisada cada vez más pesada. Mientras el suelo se complicaba, entre los árboles había un sonido muy familiar para Félix (nuestro guía) y que poco a poco nos fue ayudando, no sólo a reconocer, sino a observarlo. y allí estaba el sonido, al fin pudimos verlo, entre las ramas de los árboles, nuevos acompañantes del camino, unos gallitos de las rocas aparecieron para llenarnos de ánimo. Se dejaron ver e incluso se dejaron fotografiar, pero no de manera sencilla, pues algunas pericias de los fotógrafos del grupo fueron necesarias para capturar la belleza de estas hermosas aves.



Poco a poco, mientras avanzábamos, el bosque se iba quedando atrás y empezamos a observar como el camino empieza a mostrar más espacios amplios, menos árboles y más llanura, era como si de repente fuese casi observable que dejábamos atrás el estado Mérida y llegáramos al estado Barinas.

Justo en uno de esos espacios amplios hicimos una corta parada y aproveché para revisar lo que me incomodaba en el zapato, y lo que vi no era agradable. Por primera vez en este tipo de viajes, mi zapato me estaba dejando “varado”. La suela se estaba despegando y era obvio que no duraría el resto de la travesía, de hecho ponía en duda que me permitiera llegar a San José en una sola pieza. Así seguí unos kilómetros hasta que sucedió lo inevitable, la suela del zapato se desprendió por completo. Una nueva parada fue necesaria para “parapetearlo” y poder continuar.

Pocos metros después de la reparación, llegábamos al paso de otro puente colgante, tan similar a cualquiera de los que ya habíamos pasado, sin embargo con un mayor significado, pues este era el puente que literalmente unía las tierras de Mérida con las de Barinas. Al cruzarlo, sentí una emoción especial, sentía que atravesaba una de esas rayas que tiene dibujado nuestro mapa de Venezuela en los libros y que en esta oportunidad lo hacía a pie. Una sensación difícil de explicar y que me llevo como uno de los grandes recuerdos de este hermoso camino.



Una vez que cruzamos el puente, nos tocó otra tremenda subida de una hora de trayecto y de muchísimo calor, pues el sol, cerca del zenit, nos pegaba directo. Al terminar la subida y después de unos minutos de descanso, seguimos el camino, ya mucho más plano, y así como dibujada en el horizonte, se divisaba la mucuposada, el lugar de descanso de este trayecto, al que llegábamos aún con suficiente sol como para disfrutar la tarde. Creo que esa fue la razón de que me subiera muchísimo el ánimo, pues sabía, no sólo que habría más tiempo de descansar y recobrar fuerzas, sino también más tiempo de deleitar este hermoso paisaje.


Una vez en la posada, me reí de estado en que llegó mi zapato, pero agradecí que aguantara el trayecto. Ya al siguiente día me preocuparía de cómo terminaría la caminata pero por lo pronto, había llegado al destino, lo que significaba muchísimo, pues, a pesar del dolor (que había disminuido) y del problema de calzado, seguí adelante hasta completar el reto del día.


Con qué calzado terminaré el trayecto? cómo afrontaré el trayecto más largo de todo el camino? Preguntas que no serían respondidas ni en este día ni en este capítulo de la historia...

lunes, 9 de enero de 2017

Historia de “El Carrizal” por Anacleto Guerrero



El señor Anacleto Guerrero era el aldeano más veterano de “El Carrizal”, y de su boca provino la siguiente narración:

El Carrizal era un punto intermedio del largo camino que abrieron y utilizaron los indígenas del páramo de Gavidia y Mucuchíes para transportar los productos de la montaña hacia los llanos (hacia la región de Pedraza). Los indígenas comerciaban sobre todo yerbas medicinales: ruda del páramo, ditamito, espadilla, salvia real, frailejón morado, oreganote, sanalotodo, viravira neblina, etc.

Los meritorios fundadores de la aldea fueron dos soldados tachirenses, prófugos de un batallón revolucionario. Estos soldados, para borrar toda pista y posibilidad de ser encontrados, se lanzaron con todo y sus armas por estas pendientes montañosas y después de mucho caminar fijaron residencia en este sitio inaccesible, a orillas de la quebrada de Canaguá, a mediados del siglo XIX.



Los nombres de estos dos soldados eran José María Guerrero y Jaime Guerrero. Ambos contrajeron matrimonio; José María se casó con Clara y Jaime con María Ignacia, hijas de Rosalino Gil; un señor viajero y comerciante que transitaba frecuentemente entre Mucuchíes y los llanos de Barinas.

Así se constituyeron las dos primeras familias de “El Carrizal”. Los señores Guerrero iniciaron una tarea de atracción de nuevos colonos, convirtiéndose en constructores de casas para personas que desde Mucuchíes empezaban a sentir cierta atracción por la fertilidad y sanidad del sitio.

De José María Guerrero, nació Jesus María, el papá del informador (Sr. Anacleto), y Mario, papá del actual Sr. Mario (quién era el dueño de la Mucuposada Carrizal y guardaparque de la ruta, así como el padre de Alí, actual dueño de la mucuposada).

En los tiempos mejores, El Carrizal llegó a albergar casi cuarenta familias, que constituyeron su economía en el cultivo del café, el fique, el cogollo, la arveja y a caraota.



Las últimas décadas de generalizado éxodo campesino, han incidido profundamente en esta aldea, reduciéndola a 16 familias en 1985 (año del relato) y a una sola familia en los actuales momentos, que ha permanecido cuidando sus propiedades, sus mejoras, y brindadando hospitalidad a los viajeros.

Son múltiples las anécdotas que cualquier visitante puede escuchar de boca del Sr. Mario Guerrero y su familia, relacionadas con la historia de “El Carrizal”.

La historia del indio Misteque Juaquín Rangel y las esmeraldas de la cuesta de “El Castillo”. La narración del viaje por el camino antiguo que requería tres días a lomo de bueyes. La historia del Coronel Ramos, que pasó por “El Carrizal” derrotado y con ganas de quedarse con su tropa ocupando tierras y bienes de los legítimos propietarios. La caza de osos frontinos y entierros de armas de la guerra civil.



Sobre la construcción de la capilla, el Sr. Anacleto informó que en principio se construyó una capilla de horcones y techada con carruzo machacado.

Más tarde se logró levantar las paredes con tapia y cubrir el techo con tejas, las cuales se construyeron aquí mismo en “El Carrizal”; un maestro tejero vino a enseñar el arte desde San Rafael de Mucuchíes.

Se colocó el techo con teja quemada, pero después de los años, la teja se deterioró por la humedad y se consiguió a través del ejecutivo del Estado, el techo de zinc actual.
El piso anterior era de ladrillo decorado, pero no duró mucho; las rodillas de los fieles devotos no soportaron tales “exigencias artísticas”, así que se decidió construir el actual piso de cemento.



Esta historia se basa es una narración del Señor Anacleto Guerrero, realizada en 1985 y escrita por el Padre Clemente La Cruz Flores en el mismo año, para luego ser adaptada por Samadhi Torres Rivas en mayo del 2003 y publicada en este blog con sutiles cambios por mi persona.


viernes, 6 de enero de 2017

El Camino de Carrizal parte 2: De Quitasoles al Carrizal




Amanece en el páramo y poco a poco todo empieza a despertar, incluso nosotros. A pesar que el sol ya había salido, las montañas evitan que sus rayos calienten la zona y sigue haciendo frio. Me salgo de la carpa y empiezo a recoger, pues durante la noche, entre cuento y cuento nos dijeron que este segundo día de caminata sería bastante largo.

Me acerco a la fogata y Alí ya tenía rato montando desayuno, así que me voy al río, me cepillo, y como un clavel vuelvo para mi primer café mañanero. Ya sólo faltaba desayunar y ponerme los zapatos empapados para caminar, a lo que le estaba dando largas. Poco después del desayuno y definidas las expectativas del día, arrancamos nuestra caminata a eso de las 9.30 de la mañana, en mi opinión un poco tarde pero no era mal de morirse, al menos no al principio de la caminata.

El inicio del camino se parecía muchísimo a lo que habíamos visto el día anterior, solo que esta vez con un sol espléndido que permitía disfrutar más de los paisajes, pues su luz y calidez llenaban el lugar de vida. Seguíamos en el páramo pero poco a poco íbamos sintiendo como nuestro recorrido iba vertiginosamente en bajada.




De la misma forma en que cambiábamos de altura, también nuestro alrededor cambiaba de manera importante, ya los frailejones quedaban atrás, los árboles altos empiezan a tapar las montañas y los amplios espacios para caminar se han convertido en sinuosos y estrechos senderos copados de verde por todos lados. Lejos quedaba el páramo, pues nos íbamos adentrando más y más en el clima de un bosque nublado que nos daba la bienvenida por sus caminos complicados. El eterno acompañante, el río, que en la medida en que avanza toma fuerzas y cambia de nombre.



Ya varios puentes hemos pasado pero este es el primero que nos sorprende de manera significativa pues era el primer puente colgante que la ruta nos regalaba. Justo después de atravesarlo, hicimos parada para almorzar, y el clima volvía a prepararnos su sorpresa, empezando a mostrar las primeras gotas de lo que sería otra tarde lluviosa (aunque menos recia que la anterior). Seguimos adelante después de la reconfortante parada que no sólo sirvió para alimentarnos sino para descansar, pero noté algo extraño al levantarme, y es que mis rodillas estaban "entumecidas". No le presté mucha atención en ese momento pues suponía que me había “enfriado” mientras comía y que en la medida en que retomara el paso, el extraño “dolorcito” desaparecería. 




Entrar en calor fue muy fácil porque lo que había sido un camino de constante bajada, cambió de pronto por una subida importante que nos llevó tiempo conquistar. Algo así como una hora después llegamos a la zona llamada el Castillo, en donde la subida terminaba, para seguir de nuevo, en constante bajada.

Así continuó el camino, pasando de una a otra curva, con muchas piedras sueltas, a veces muy estrecho, a veces sólo un poco menos, en algunas partes seco y en otras inundado de agua,  a veces evadiendo el río, otras veces cayendo justo en el medio de él, a veces haciendo equilibrio en una roca para atravesar otra quebrada, a veces evitando las piedras debido a lo resbalosas que estaban. El camino seguía poniendo trabas y nosotros seguíamos adelante, hacia abajo, con más calor que antes, y con más cansancio que el día anterior y justo cuando estaba quedándome sin aliento y me disponía a hacer otra parada de descanso, el camino se llenó de hormigas, y no de una especie cualquiera, era una de esas colonias que para hacer la cosa más interesante, si te pican te asegura un buen dolor y una gran hinchazón! Así que no había manera de parar sino todo lo contrario, había que empezar a correr para evitar este nuevo escollo del camino. La corrida duró como 15 minutos y arrebató con la poca energía que quedaba. 

A pesar que el sol no se había ocultado, debido a lo alto de las montañas y lo tupido del bosque, la luz que penetraba era baja y eso jugaba en contra del ánimo y la energía, pero seguimos adelante, ahora con mucho más barro en el camino y con una velocidad de avanzada mucho menor, producto del esfuerzo ya realizado durante el día, lo pesado de los zapatos llenos de barro y aquél entumecimiento de rodillas que ya a esta hora no era sino un dolor constante.




En aquél sector del camino, me sentía como Atreyu en el pantano de la tristeza (la Historia Interminable), sentía que si paraba no caminaría más y si seguía, en algún momento las piernas me fallarían y caería, pero entre lo uno y lo otro, seguir era la elección. El juego mental empezó de manera seria y ya sabía que, aunque físicamente estaba agotado, era mi mente la que terminaría la ruta, así que seguí. Callé la duda, callé el cansancio (o la parte de la mente que quería descansar) y seguí paso a paso hacia adelante… y justo en frente ocurrieron dos cosas:
  • La primera: Una quebrada de buena profundidad que decidí no evadir y que atravesé de frente, hundiéndome hasta las rodillas. El frío de las aguas ayudaron a reducir el dolor y a limpiar el barro del calzado, permitiendo salir con sólo un poco más de energía.
  • La segunda: Uno de los arrieros retornaba por el camino en su mula, ofreciendo “la cola” en aquél hermoso animal. La oferta era tentadora pero yo quería llegar a pie, así que le dije que siguiera por la senda, pues otros venían detrás de mí y tal vez alguno necesitase la ayuda más que yo.

Sabía que si el arriero venía de regreso era porque el punto de llegada estaba cerca y eso le dio a mi mente y a mi cuerpo un dopaje de ánimo que me permitiría seguir adelante. Unos treinta minutos después llegamos a la capilla del pueblo de Carrizal y luego de otros diez, estaba yo entrando a la mucuposada de Alí, cuya familia nos recibía con un mágico té de hierbas para relajar el cuerpo.



La ruta del segundo día había terminado, y pasó lo que suponía, al sentarme no me pude parar en un buen rato, las rodillas habían sufrido de esa constante bajada que no notabas mientras la caminabas pero que luego de un simple resumen del recorrido podías darte cuenta de lo duro que fue el peralte. Ese día habíamos bajado desde Quita soles (a unos 3400 msnm) hasta El  Carrizal (a unos 1.500 msnm) en lo que fue un recorrido de unos 13 kilómetros y una bajada de unos 2.000 metros, equivalente a los que sería bajar dos veces nuestro Salto Angel. Era claro que las rodillas no estaban entumecidas, estaban notoriamente afectadas por el trayecto. A pesar del dolor, pudimos compartir una tremenda cena hecha por la esposa de Alí y unos muy buenos cuentos que cerraron con broche de oro la noche. Nos reímos de cada historia ocurrente, tomamos algunas fotos nocturnas y aprovechamos contemplar la tranquilidad del Carrizal.

En medio de la noche, mi mente se fue de nuevo al futuro de nuevo y se preguntaba como haría para caminar los restantes 30 kilómetros que faltaban, pero esta vez yo estaba mejor preparado para mi conversación privada. Luego de aquella primera preocupación durante la noche en el páramo y después de la batalla importante que tuve casi al final del camino hacia Carrizal, sabía que esto era sólo otra jugarreta más de mi mente y que mañana de seguro saldría airoso si lograba aquietar las preocupaciones y enfocarme en seguir adelante.

miércoles, 4 de enero de 2017

El camino de Carrizal parte 1: Desde Micarache hasta Quita Soles



Se dice que nuestros indígenas de los andes (mucuchíes, timoto-cuicas), usaban una ruta particular para hacer comercio con la región de los altos llanos de Barinas. Esta ruta milenaria, ahora es conocida como el Camino real de Carrizal y se me ocurrió la “brillante idea” de ir una vez más hacia lo desconocido y hacer este recorrido.

Desde que conocí que la ruta existía quise hacerla, y aunque invité a muchos de mis amigos y conocidos que asumía que les interesaba este tipo de actividad, no logré dar con ninguno, así que estaba a la deriva, a la espera que la gente de Akanan, consiguiera el quorum necesario. Tanto ellos como yo, tuvimos que cambiar la fecha unas 3 veces antes de lograr juntar a los caminantes. Fue así como finalmente, un grupo se conformó: Elena, Jesús, Leandro y mi persona, resultamos ser el grupo de desconocidos que recorrerían juntos el camino.

Para empezar la caminata primero debíamos llegar al punto de partida, lo que significó: conseguirnos en el aeropuerto de Maiquetía con nuestro Guía, volar desde acá hasta El vigía, hacer una parada logística en la ciudad de Mérida para recoger algunos de los equipos necesarios y finalmente llegar al poblado de Micarache. Aprovechamos este espacio de tiempo y recorrido para ir rompiendo el hielo entre los desconocidos y empezar a hacer grupo. Fue una muy buena idea ya que el recorrido ameritaba unos buenos cuentos.

A eso de medio día llegamos a Micarche, un pequeño caserío ubicado a unos 7 kilómetros del pueblito de Mucuchies, el lugar de donde partiría nuestra aventura. Al llegar allí, conocimos a quien sería nuestro baquiano, Alí, quien además de ser un súper conocedor de la zona y del camino, es un posadero, padre de familia, apicultor, agricultor y como diría nuestro guía, alcalde del pueblo y novio de la madrina. Almorzados y preparados los morrales, empezamos nuestra caminata por el páramo andino.



La ruta parecía bastante sencilla en principio, hermosa de vista, pues todo el páramo nos regalaba sus bellezas, además que en líneas generales, estábamos bajando (de 3650 a 3400 msnm) y no había grandes declives. Lo que más afectaba en este tramo era el frío y el tener que pasar los ríos en los que usualmente terminabas con una pierna u otra (o ambas) empapadas. Pese a ello, al empezar a caminar, la sensación térmica mejoraba pues el cuerpo entraba en calor y esto hacía más agradable el camino.

Dado que el grupo era algo heterogéneo en el ritmo de caminata, en esta primera parte del camino manejamos velocidades distintas, haciendo que en grandes espacios del camino tuviese la oportunidad de caminar a solas, permitiéndome no sólo espacios de contemplación plena de la belleza natural que tenía frente a mis ojos sino de contemplación interna, permitiendo hurgar en mis pensamientos y emociones… allí, en alguna parte existía la preocupación por el futuro, la única parte del camino que me generaba cierta preocupación, la caminata del último día, que desde que revisé el itinerario me parecía eterna, aún sin haberla recorrido.



La ruta cambió de repente, y no por las características de la misma, sino por el clima, súbitamente, una neblina que luego se hizo lluvia, nos tapó y empezó, ahora sí, el frío parejo! Al empezar la lluvia, la sensación térmica empezó a disminuir, lo que empezó a hacer mella en el grupo. Los que iban más adelante apresuraron su paso para intentar llegar al refugio lo más rápido posible y así protegerse del clima, el resto hacía lo mismo, pero debido a la diferencia de velocidades, parecía que la distancia entre cada uno de nosotros era cada vez mayor. Yo me encontraba en el medio, a lo lejos, adelante, podía ver a Jesús y a Leandro cuando las montañas y la neblina lo permitían, y detrás, podía ver a Elena y a Félix (nuestro guía), a quienes iba esperando de vez en cuando para no dejarlos tan atrás. En el medio de vez en cuando me conseguía con Alí quien con una sonrisa siempre te decía, vamos a buen ritmo, no nos falta mucho. Esas palabras de aliento son medio peligrosas cuando vienen de un baquiano y no estás en las mejores condiciones físicas, pues eso de que falta menos, no significa que estás cerca y cuando el cuerpo está frío y algo cansado en la mitad de la montaña, la tendencia es a oír lo que quieres oír y no a escuchar lo que en realidad te han informado.

Seguimos adelante y en algún momento la pendiente cambió significativamente y se hizo más inclinado, la bajada se hacía un poco más agresiva y el paisaje mucho más amplio. A lo lejos un par de ranchos llenaban de alegría la vista, eran los refugios andinos que invitaban a acelerar el paso para llegar a calentarnos y pasar la noche. Después de tres horas y media de recorrido por el páramo (unos 14 kms), los caminantes llegamos a nuestra primera parada, el lugar donde nos refugiaríamos. Una vez que nos quitamos los morrales, grabamos algunas palabras justo cuando recién llegábamos y otro al caer la noche en donde, cada uno intentó describir desde su propia experiencia, lo que había sido esta primera etapa de nuestra aventura.

Después de cenar y frente al fuego, mi mente seguía pensando en el resto del camino, como siempre, preocupada por el futuro. Consciente de eso, me quedé en el momento, en ese justo instante frente al fuego oyendo el resto de historias que Felix y Alí nos contaban, oliendo el humo de la fogata y saboreando lo que me quedaba de chocolate caliente, y poco a poco la preocupación fue desapareciendo de la misma manera que el páramo se ocultaba en la noche... Así terminó el primer día, aunque no la aventura.